El ahogado más hermoso del mundo

Los tabloides sensacionalistas ingleses avisan que hoy se acaba el mundo mientras un estudio de la Universidad de California asegura que la brecha salarial no ha cambiado en los últimos dos mil años




(Se recomienda leer con The end de The Doors sonando)

Hoy, Sant Jordi, es el día del fin del mundo. Así, sin preámbulos. Lo vaticinan los tabloides británicos más veraces en base a las cábalas de un teórico de la conspiración, un tal David Meade (1). Lo peor de estas fechas apocalípticas es la resaca que producen al día siguiente, cuando suena el despertador y uno entiende el significado íntegro del himno de Luis Aguilé. Cabeceras un tanto más serias, como la de The Guardian o National Geographic, se han apresurado a aclarar que se trata de una fake news, por si a algún cándido le daba por despendolarse al estilo del niño australiano que, tras de discutir con su madre, le robó la tarjeta de crédito para pegarse unas vacaciones por todo lo alto en Bali (2). Ambas son noticias arquetípicas del sensacionalismo o prensa amarilla. En el teatro, el amarillo es un color proscrito desde que Moliére muriera vistiéndolo durante el estreno de El enfermo imaginario, según propaga la leyenda, aunque el amarillo y la infamia van de la mano desde tiempos inquisitoriales, cuando el sambenito era el básico imprescindible en el armario de los penitentes. En la naturaleza, el alimonado es el maquillaje de advertencia de los animales. Para Borges, en El otro, el amarillo era el preludio de la ceguera. Después de la final de la Copa del Rey, hay casas de gentes biempensantes que educan a sus hijos con un: "Amarillo, caca".

En su columna en El País Semanal, Manuel Rivas escribe: "Tenemos que poner fin a esta Era del Plástico Infinito. No hay otra solución. Está contaminándolo todo. ¿No notan que hasta los discursos políticos son de plástico?". En el fin de semana de la Tierra, el escritor gallego clama contra la catástrofe ambiental que acecha los océanos, convertidos en estercoleros sintéticos como lo demuestra la autopsia del último cetáceo marino que vino a buscar cementerio a las costas españolas. En su vientre, reventado por una peritonitis, 29 kilos de basura (3)
El último cetáceo que vino a buscar cementerio a las costas españolas acarreaba en su vientre, reventado por una peritonitis, 29 kilos de basura
Otro veneno, en este caso un matarratas, fue el germen de una de la mayores operaciones bélicas de la Segunda Guerra Mundial, la Operación Carne Picada, basada en una pantomima. En la primavera de 1943 los aliados pergeñaron la falsa identidad de un oficial británico, el comandante William Martin, supuesto enlace secreto y cebo para los nazis. El plan no era otro que fingir un accidente, con un ahogado de por medio cargado de información secreta sobre el desembarco en Cerdeña de la fuerza naval aliada. Para darle verosimilitud, se escogió el cadáver de un joven de 34 años fallecido por la inhalación de un raticida. El cuerpo del náufrago fue abandonado a una milla del sur de Huelva. Los teutones picaron, reforzando de inmediato la línea defensiva de Córcega. El 9 de agosto de 1943, los aliados desembarcaban en Sicilia a sus anchas. Era el comienzo, entre algunos otros, del fin de la pesadilla nazi (4).

El campo de batalla siempre fue terreno fecundo para pícaros. Una foto sirva de ejemplo: la de Zeliha, la niña de dos años con la cara embarrada que tapa los ojos de su muñeca, y que se hace viral con cada conflicto. De nuevo ha ocurrido otra vez hace apenas unos días, tras el bombardeo de Estados Unidos sobre Siria. La imagen se compartió más de 100.000 veces en menos de una semana, para asombro de su autor, el reportero turco Fatih Özenbaç, que tomó la instantánea en 2007, cuando trataba de ilustrar la pobreza que anega Turquía (5), país curtido en la censura. La enésima paranoia de Erdogan: descubrir un aluvión de mensajes subliminares contra su gobierno en los guiones de la serie española La casa de papel (6).

Es la edad de la trampa, del timo que se filtra hasta el último recodo de la rutina. Con la proliferación de las carreras populares se agudiza el ingenio. Corredores que utilizan el metro para acortar distancias y tiempos, cesiones de dorsales que se recuperan a escasos metros de meta... Los farsantes son conocidos en la jerga runner como recortadores, cuyo único objetivo es el postureo del finisher, una tendencia al alza en las redes (7). Como la foddie, esa obsesión gastronómica por la recomendación de platos a mansalva. Ahora, bajo la premisa: "¿Dónde come la gente? Donde come Vicente", nace Ask Vicente, el primer asistente virtual made in Spain (8). Y por si no tuvieran suficiente ración digital, pásense por la cuenta de Chien Guevara, el perro que ladra la revuelta estudiantil de París desde twitter (9). 11.000 seguidores en dos días, para un can mestizo que tuitea con sarcasmo las noticias del encierro en la Sorbona, en homenaje al hiperventilado Mayo del 68 y su pose publicitaria: "Sed realistas, exigid lo imposible".
Y si no tuvieran suficiente ración digital pásense por la cuenta Chien Guevara, el perro que ladra la revuelta estudiantil de París desde twitter
La trivialidad arrincona a los titulares más incómodos. Si El País informa que "los jefes ganan 98 veces más que los empleados", la repercusión no pasa de moderada. Resulta que un grupo de investigadores de la Universidad de California que se dedica al estudio histórico de la evolución de los sueldos, concluye, además, que en el año 14 d.C., en pleno apogeo del Imperio Romano, el jornal de un senador era 100 veces mayor al de la nómina media. Según el análisis, en dos mil años apenas ha cambiado la brecha salarial (10). Ni la discriminación. Una app británica de ligoteo, que sin estrenarse ya tiene lista de espera a pesar de ser de pago, pretende relacionar únicamente a jóvenes de escuelas privadas (11).

El filósofo Josep Maria Esquirols, Premio Nacional de Ensayo en 2016 con La resistencia íntima, aporta sensatez con su nuevo trabajo, La penúltima bondad, donde reivindica los infinitivos esenciales del ser humano, a saber: "Amar y pensar" (12). El periodista Juan Soto Ivars, en una entrevista a El Mundo, se muestra menos transigente: "Si intentas enseñar a pensar a un burro, pierdes el tiempo y cabreas al burro" (13)



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