Rebeldes con marca

Hasta hace poco desobedecía el que no tenía nada, removido por una injusticia infinita. Ahora, en cambio, protesta el que más tiene, propulsado por una codicia sin límites. Son los propios dirigentes los que llaman a incumplir las leyes que ellos mismos aprobaron mientras chupaban del bote. La desobediencia se ha convertido en el nuevo selfi de las élites, un símbolo de estatus, igual que llevar un Rolex



Uno nunca sabe a qué verbo apostar su futuro. Debería existir la figura del broker lingüístico, un asesor capaz de prever cuál será la próxima estrella del diccionario. Quién iba a pensar hace unos años, por ejemplo, que desobedecer se iba a convertir en la joya de la corona. Hasta hace dos películas, la desobediencia era cosa de gladiadores. En Espartaco (versión Stanley Kubrick mano a mano con Dalton Trumbo) queda claro: finde patricio en Ca Batiato, combate a muerte, como las artes marciales mixtas de Gol TV pero en cinemascope. Finalísima por el cinturón de campeón de la UFC de Capua. Espartaco versus Draba, un etíope, por lo visto, aficionado a los cuentos de Herman Melville, que, cuando llega la hora del matarile, responde como un escribiente cualquiera, "preferiría no hacerlo".

El resto es una historia más o menos taquillera de la insumisión para todos los públicos, con su Thoreau, su Tolstói, su Gandhi y hasta su Quim Torra. Quiero decir que hasta hace poco, por norma general, desobedecía el que no tenía nada, removido por una injusticia infinita. Ahora, en cambio, protesta el que más tiene, propulsado por una codicia sin límites. La ideología es sencilla: desobedezcan a todos, menos a mí. Tenemos un nuevo rebaño que quita el hipo. Son los propios dirigentes los que llaman a incumplir las leyes que ellos mismos aprobaron mientras chupaban del bote. 

De Trump a Madrid, pasando por la Generalitat, la rebeldía se ha convertido en el selfi de las élites, un símbolo de estatus, igual que llevar un Rolex. De lo que se desprende, que no desobedece quien más lo necesita sino quien puede permitírselo.





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