sábado, 28 de noviembre de 2020

El origen del mito

El de Maradona es el cromo de un dios ochentero, cuando el fútbol tenía mucho más de trinchera que de pulsómetro, una encerrona que prendía a las afuera de un barrio, en el primer descampado de turno, entre dos piedras, intraducible para un instagramer



Ahora, los niños quieren ser Messi. O Cristiano. Y dentro de poco, querrán ser Haaland o Mbappé, pero hubo un tiempo en que todos querían ser Maradona. Cada época tiene su álbum de mitos, y el de Maradona es el cromo de un dios ochentero, cuando el fútbol tenía mucho más de trinchera que de pulsómetro, una encerrona que prendía a las afuera de un barrio, en el primer descampado de turno, entre dos piedras, intraducible para un instagramer. Y en todo ese barrizal, en mitad de esa década todavía salvaje, sin filtros, Maradona era el quinqui más sublime. Le dio por echarse al lomo a un país entero -el fútbol también sirve para corregir ultrajes-, y se salió con la suya en la cancha, que se lo digan si no a los ingleses, o a los tifosi del norte de Italia. El sur, por fin, orgulloso de una zurda de lujo. La vida, sin embargo, es otra cosa, a menudo, mucho más difícil de driblar. 

Lo digo porque en estos días ya hay santurrones poniendo el foco en el culebrón, como si un mito, a la fuerza, tuviera que ser un santo. Y ni con esas. Y viene a cuento, además, porque TV3, la televisión pública catalana, se estrenó un 10 de septiembre de 1983, precisamente, con un partido de fútbol, un Barça-Osasuna, con Maradona de protagonista. El director de la nueva cadena era Alfons Quintà, el periodista que había destapado unos años antes, en El País, el caso Banca Catalana, un chanchullo de cuentas opacas que salpicaba directamente al pujolismo. Rápidamente, Jordi Pujol lo fichó para la causa, le dio el trono de TV3 y se acabaron los sustos. Con la investigación pasó algo parecido. Nada. 

Lo cuenta Jordi Amat en El Hijo del chófer (el título viene porque Quintà era hijo del chófer y confidente de Josep Pla), un recorrido imprescindible por la biografía de un personaje siniestro, capaz de cambiar de equipo en función del cheque. Una historia que es la historia reciente de la demagogia, con una frase que ya forma parte del repertorio de todos esos moralistas de balcónla que pronunció el propio Jordi Pujol, desde el Palau de la Generalitat, minutos después de ser reelegido presidente por mayoría absoluta: "A partir de ahora, cuando alguien hable de ética, de moral o de juego limpio, hablaremos nosotros. No ellos".




miércoles, 25 de noviembre de 2020

La soledad de los números primos

Hoy me ha dado por pensar en lo desgraciadas que deben sentirse las familias de siete personas. Los Serrano, por ejemplo. Y en todo el sacrificio que supone dejarse a un miembro fuera de la mesa. ¿Cómo se elige al apestado? En Madrid y Cataluña, que siempre aportan su sello de autor, la tragedia será para las de once. Comienza la subasta de la clase media




Hoy me ha dado por pensar en lo desgraciadas que deben sentirse las familias de siete personas. Los Serrano, por ejemplo. Ya saben, uno más uno son siete. Y en todo el sacrificio que supone dejarse a un miembro fuera de la mesa. ¿Cómo se elige al apestado? Lo digo por las previsiones del gobierno para estas Navidades. (Vale la pena detenerse un momento a observar la táctica: se filtra un plan, se espera la réplica y en función de la bulla se toman las medidas. Todo muy higiénico). En Madrid y Cataluña, que siempre aportan su sello de autor, la tragedia será para las de once. Comienza la subasta de la clase media. Y aquí no hay ensoñación que valga.

Como ocurre en las cadenas de contagio, la economía también busca a su paciente cero, cuando todavía éramos felices como en una canción de Maluma. Titula La Vanguardia: "La clase media pierde peso y cae a niveles previos a los años 90". Precisamente, en El año del descubrimiento, el cineasta Luis López Carrasco sitúa la fecha exacta en 1992, ¿recuerdan? Fue el año en que perdimos la fe en las mascotas de felpa. Mientras España descorchaba la Expo y los Juegos, en Cartagena ardía el parlamento. Literalmente. ¿El motivo? Comenzaba la desindustrialización del país, aquello del mercado común y la modernez financiera. A la postre, privatización de empresas, deslocalización de sectores estratégicos, familias en paro, comisionistas a tiempo completo y las primeras nostalgias del proteccionismo franquista. La cara B del despelote. Una nota a pie de página. Residual. La idea era que nadie se cargara la macrofiesta. También pasó con la guerra de los Balcanes. En la Eurocopa de Suecia sustituyeron a Yugoslavia por Dinamarca, y tan campantes.

Del mismo barullo trata el premio Booker de este año, Shuggie Bain, debut literario del escritor escocés Douglas Stuart, un retrato de su propia infancia en un Glasgow desgarrado por las políticas de Margaret Thatcher. En la recámara, la caída del Muro de Berlín, la muerte del comunismo y el braguetazo fiscal.

Son dos de las obras de referencia de este 2020 y ninguna aparece al tuntún. En el primer caso hablamos de Murcia, donde la extrema derecha gana cuota de pantalla. En el segundo, de Escocia, donde no hace mucho se celebró un referéndum por la independencia. De aquellos ecos, estos hemiciclos. Aunque la mayor metáfora de lo desandado, a pesar de todo, la ofrece la imagen viral de ese alumno que se encarama a un abedul en Siberia para poder estudiar online. El hombre, o el niño, volviendo a las ramas en busca de wifi, que es el fuego del ciberproletariado. Y ya que está de moda la sobremesa educativa, un libro, o mejor dicho el libro, Devaluación continua, de Andreu Navarra, y una frase que sirve para cualquier bolsillo: "Necesitamos recursos, no sermones". 


 



sábado, 21 de noviembre de 2020

El desamor en los tiempos del covid

O bajamos el listón, y aceptamos a políticos con alguna asignatura suspendida, o nadie va a querer presentarse al casting para ser ministro. Es un sinvivir. Y el jurado tampoco ayuda. No tiene que ser fácil defender unos presupuestos o una reforma educativa bajo la atenta mirada de Bertín Osborne, José Manuel Soto o Pitingo



O bajamos el listón, y aceptamos a políticos con alguna asignatura suspendida, o nadie va a querer presentarse al casting para ser ministro. Es un sinvivir a tiempo completo. Y el jurado tampoco ayuda. No tiene que ser fácil ponerse a defender unos presupuestos o una reforma educativa bajo la atenta mirada de Bertín Osborne, José Manuel Soto o Pitingo. En una semana, sobre la mesa: proetarras, independentistas, el problema del castellano y Cantora. Los temas de siempre, ahora remasterizados.

Cuando Telecinco se queda sin contenidos, echa mano de los Pantoja. Y funciona. Como el PP con el estribillo del España se rompe. Curiosamente, en democracia, fue con Mariano Rajoy cuando por pocas se va al garete. Al final, todo se reduce a la dichosa herencia. Pero para eso está la hemeroteca. Para poner los puntos sobre las íes. Es cierto que Pedro Sánchez, por ejemplo, dijo que no dormiría tranquilo con Podemos. O que jamás pactaría con Bildu. Y toma. Pero el PP tampoco pasa la prueba. De las 37 iniciativas aprobadas en lo que llevamos de legislatura, los populares y los abertzales han coincidido en 14 ocasiones. Por no hablar de cuando Javier Maroto, hoy portavoz del PP en el Senado, era alcalde de Vitoria, ¿saben con quién negoció diversos acuerdos municipales? Eureka. O aquellas reuniones, en Navarra, a principios de los noventa, entre los conservadores de UPNHerri Batasunacuando ETA todavía no era una ficción de HBO. En fin... 

Luego están los expertos en criminología que utilizan a las víctimas o condenan a los asesinos en función del bando. Y Pablo Iglesias, capítulo aparte, que ha conseguido lo nunca visto, ser gobierno y oposición al mismo tiempo. Todo muy cómico, como escribe Xavier Sardà, si no fuera por la pandemia.






miércoles, 18 de noviembre de 2020

La reconquista del oeste

El derecho a una vivienda digna no debería generar ningún debate ¿Por qué? Pues porque lo dice la Constitución, que también habla de no sé qué derecho al trabajo. A no ser que la Constitución solo nos la creamos para ciertos asuntos. Vaya por Dios, como la Historia, que solo es revisable cuando el capítulo en cuestión sirve para ganar unos votos



Díaz Ayuso abrió la veda en Telemadrid: "Son preguntas que no se le hacen a un presidente autonómico". Se refería al hospital de Valdebebas. Una cosa es poner tochos a destajo, montar hospitales como si fueran legos, y otra, muy distinta, contratar sanitarios. Con los que hay, vamos tirando. Se retocan los turnos. Se sobrecarga al personal. Y punto. Se llama reorganización. 

Luego vino José Luis Ábalos, ministro de Transportes y Agenda Urbana, para continuar el show de los despropósitos con el tema de los desahucios: "En teoría, no están permitidos" (una versión muy libre del típico no me consta), mientras una familia con cuatro menores se quedaba en la calle en Carabanchel. Y otra en Fuenlabrada, con una abuela de 82 años. Entonces, ¿qué hay de todo aquello de "la suspensión de lanzamientos"? La parte contratante de la primera parte, o sea, el gobierno, responde: los desahucios están suspendidos, efectivamente, hasta el 31 de enero, pero solo en aquellos casos donde se contemple vulnerabilidad a causa del covid. El resto (eso es, cualquiera que fuera pobre antes del 14 de marzo), que se busque la vida. Al menos, hasta que se revise el asunto, ya si eso, el próximo año.

Y todo, mientras el Consejo de Transparencia y Buen Gobierno, el órgano que vela por la Ley de Transparencia, acaba de acusar al Ministerio de Sanidad de "hacer una gestión opaca de la crisis del coronavirus" durante el estado de alarma. Sí, ya sé que son temas distintos, que no tienen nada que ver el uno con el otro y, sin embargo, estamos hablando de lo mismo, de la poca gracia que tienen los políticos cuando se salen del monólogo. 

Dicho lo cual, entramos en materia. El asunto de la vivienda es especialmente grave porque la crisis no ha hecho más que enseñar la patita. Si tomamos como referencia Estados Unidos, en 2011, el New York Times publicaba una cifra escandalosa, más de un millón de viviendas embargadas. Y su consecuencia: un 24% de aumento en la venta de caravanas. Lo retrata una de las películas del año, Nomadland, de la directora Chloé Zhao, León de Oro en Venecia. Es la adaptación cinematográfica de País nómada (Capitán Swing) de la periodista Jessica Bruder. Durante tres años, Bruder se unió a los nuevos nómadas, gente que vive en furgonetas para realizar trabajos temporales muy mal pagados a cambio de un lugar donde aparcar. A menudo, son personas mayores, con pensiones irrisorias, que se ven obligadas a trabajar para empresas como Amazon. Tal y como explica la propia autora, en una entrevista en La Vanguardia, las jornadas son tan duras que adormecen la mente, como si "hubieras sufrido una lobotomia". Para describirlo, los trabajadores han acuñado el término amazombis. Entre tanto descontento, por cierto, llegó Trump, que todavía no se ha ido. 

Puede que ese sea el futuro que nos espera, heredar una plaza de parking en usufructo. O un presidente con el tupé revuelto. Cualquier cosa mientras confundimos el derecho a la vivienda con la okupación ilegal a manos de ciertas mafias. Y así se zanja el asunto. Nada de hablar de los cerca de tres millones de viviendas vacías que hay en España. ¿Para qué? Pues porque lo dice la Constitución, que también habla de no sé qué derecho al trabajo, pero exigir que se cumplan dos puntos de la Constitución en el mismo artículo me parece un exceso democrático. El derecho a una vivienda digna no debería generar ningún debate. A no ser que la Constitución solo nos la creamos para ciertos asuntos. Vaya por Dios, como la Historia, que solo es revisable cuando el capítulo en cuestión sirve para ganar unos votos.







sábado, 14 de noviembre de 2020

¿Quién puede matar a un niño? (2ª parte)

La pregunta es pertinente: ¿Cuántos ahogados puede soportar Europa para mantenerse a flote? O si lo prefieren, ¿dónde está la vacuna contra el cinismo? Hay infamias que no cotizan en bolsa



Creíamos que con Aylan lo habíamos visto todo, que no se podía caer más bajo -un niño en la playa, tan quieto, tan muerto- pero, ya ven que en el Mediterráneo siempre hay un hueco para otro crimen. El vídeo de una madre que ha perdido a su bebé durante el naufragio de una patera, sus gritos, son la prueba, otra más, de que, efectivamente, el hombre es un lobo para el hombre. Se llamaba Joseph, tenía seis meses y era de Guinea Conakry. Si lo de Aylan fue explícito, casi porno, esto es erotismo, dos rombos de dolor y a dormir con los angelitos. Para eso sirven los salvapantallas, para revivir los dramas en diferido y evitar así que el virus de la pena se propague por las zonas de picnic. 

Después de cinco años, ahora sabemos que ciertos selfis morales no son más que postureo político. Y que poner a Dios por testigo puede quedar muy cinematográfico pero es poco creíble. Al final de la película, el mar siempre se traga lo que nadie quiere, ya sean microplásticos o inmigrantes. Por eso la pregunta resulta pertinente: ¿Cuántos ahogados más puede soportar Europa para mantenerse a flote? O si lo prefieren, ¿dónde está la vacuna contra el cinismo? Hay infamias que no cotizan en bolsa.



miércoles, 11 de noviembre de 2020

Los bingueros

Cuando se pierde la fe en el futuro, los primeros que se resienten son los bancos de las iglesias y los bingos



Dice Doña Manolita, la lotera (o lo que es lo mismo, Concha Corona, la directora de la mítica administración de loterías madrileña), que este año la gente no está para pedreas. Se están vendiendo décimos, sí, pero no a ritmo de satisfyers. Cuando se pierde la fe en el futuro, los primeros que se resienten son los bancos de las iglesias y los bingos. Todo podría arreglarse si el gobierno sorteara, con cada número premiado, uno de los millones de vacunas que anuncia para principios de 2021. Después de dar prioridad, eso sí, a los grupos de riesgo, quiero decir: adolescentes con miedo al botellón, teletrabajadores sin antivirus en el portátil o viejas glorias de la Liga a punto de fichar por un equipo chinoEs la única manera que se me ocurre de conciliar salud y economía, esos dos gallos que, según la tesis de Johan Cruyff, no pueden compartir pandemia. 

¿Se imagina acudir a su centro de Atención Primaria de confianza a cobrar el reintegro de un boleto y llevarse de paso una minidosis de alguna vacuna taiwanesa? Desde que perdió las elecciones Donald Trump, no ganamos para fiestas. Hasta tenemos ya la lista Forbes con los españoles más poderosos. Solo los cinco primeros acumulan más de la mitad de la riqueza del país. El 55,6% para ser exactos. Y si cinco multimillonarios acaparan el 55,6% de la fortuna nacional, el top ten, así a bote pronto, debería alcanzar el 111,2 por ciento. ¿Imposible? Vayan sumando islas vírgenes y atolones con nombre de ropa y entenderán los saldos. 

Por si acaso, para negacionistas del monopoly, Oxfam Intermón aporta su propio informe con 740 filiales de compañías del Ibex 35 operando en paraísos fiscales. Es cierto que para la oenegé cuenta como paraíso cualquier país con los cristales tintados, pero la cifra, más allá de los criterios, es vergonzante. Por no hablar de otros baremos. En 2019, por ejemplo, el máximo ejecutivo de una empresa del IBEX cobró en tres días lo mismo que un trabajador medio en todo el año, aunque según constata el mismo estudio, debido a la emergencia sanitaria, en los últimos meses, por lo visto, ha crecido el compromiso social de las empresas. A la fuerza ahorcan. Lo peor de tener que escoger entre la bolsa y la vida es pasarse demasiado tiempo jugándosela al pito pito gorgorito porque al final uno puede quedarse sin gordo de Navidad ni médico de cabecera.



sábado, 7 de noviembre de 2020

Del bulo a la bulería

Y así, poco a poco, la democracia se va encanijando tanto que, al final, habrá que meterla en un tarro con formol para que las nuevas generaciones puedan redescubrirla mientras visitan algún museo de Ciencias Políticas



Perder unas elecciones por correo debe ser lo más parecido a que te dejen por whatsapp. Un palo para el currículum. Vender la derrota por fascículos tampoco parece la idea más boyante. Tonifica la sospecha. Y aunque ya sabemos que la slow motion forma parte de la liturgia melodramática, gana el más teatrero, y ahí Trump es el número uno. Ha hecho de la Casa Blanca su plató televisivo, muy al estilo de Berlusconi en su día, otro macho alfa, capaz de seducir a la audiencia con una sobredosis de reality. En poco más de tres años, según The Washington Post, Trump ha lanzado más de 20.000 bulos, sin embargo, aunque pierda la presidencia (y a falta de datos oficiales), podría haber obtenido casi diez millones más de votos que en 2016. Conclusión a pie de urna: mentir en política sale rentable.

Precisamente, para evitar que cunda la trola, aquí el gobierno, como Telecinco, apuesta por el polígrafo. Lo acaba de publicar en el BOE, que es El Mundo Today de los notarios. Básicamente, de lo que se trata, por lo que dicen, es de desenmascarar cualquier injerencia rusa. O prima hermana. Para conseguirlo se crea un comité de expertos, con todo lo que eso significa, arbitraje casero y cabreo en la grada. El problema de fondo radica en saber para qué se utilizará el invento cuando ya no quede ni un Iván Drago para pasar por la picota, ¿se acabará el Deluxe? A falta de profesionales independientes y PCR homologadas, cualquiera puede ser un ruso asintomático. Por eso la derecha, que nunca ha oído hablar de censura o Ley Mordaza, está que trina. Hay concejales leyendo a Orwell a toda pastilla por si toca citar algo sobre el Ministerio de la Verdad en alguna emisora de barrio. 

El lío, por si no lo recuerdan, comenzó con una pregunta trampa del CIS: "¿Cree usted que en estos momentos habría  que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación sociales, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener libertad total para la difusión de noticias e informaciones?" El 66,7% de los encuestados dijo sí a no se sabe qué. Ahora toca apechugar por ir de listos. Y así, poco a poco, la democracia se va encanijando tanto que, al final, habrá que meterla en un tarro con formol para que las nuevas generaciones puedan redescubrirla mientras visitan algún museo de Ciencias Políticas.



miércoles, 4 de noviembre de 2020

El miedo, instrucciones de desuso

Lo que tienen en común todos los miedos es que detrás de cada uno siempre florece un gran negocio. O varios 



Poco se está hablando de la crisis de la castaña. Sí, sí, la castaña. El semiconfinamiento de Todos los Santos ha sido la puntilla para un sector que ya venía tocado con toda la horterada esa de Halloween. Los más afectados, sin duda, el sindicato de estudiantes. Sin la tradicional venta callejera de castañas asadas, no hay manera de hacer caja para el viaje de fin de curso. El viaje de fin de curso, recuerden, era el principal motivo para que los niños no abandonasen la escuela antes de tiempo, como ocurre en otros países, donde lo más frecuente es amasar una fortuna de muy jovencito, cosiendo balones de cuero, por ejemplo, para que nuestros cracks marquen muchos goles. 

Aquellas excursiones, además, eran todo un rito de iniciación. Si uno era capaz de aguantar 50 horas en un autocar de dos plantas, ya estaba preparado para cualquier zumba existencial que trajera el futuro. O eso prometían las guías de viaje. Ya en las Termas de Caracalla o en la Acrópolis de Atenas había que dejarse un carrete de 36 fotos, que era la hostia (para que luego se crean los influencers que han descubierto América), comprar muchos souvenires, incluso para los vecinos, y llevarse la típica caricatura de rigor. En toda Europa, no hay monumento o plazoleta concurrida sin un dibujante. Lo que vengo a decir es que la caricatura tiene algo de turístico, hay que alejarse mucho para poder reírse de uno mismo. Sin la distancia adecuada, cualquier parodia puede parecer una declaración de guerra. Y todo esto viene a cuento por el rebrote de yihadismo de los últimos días. Algo no funciona, desde luego, cuando un profesor francés, que quiere enseñar a sus alumnos que con la libertad de expresión no se juega, muere decapitado. Moraleja para toda una generación: la blasfemia tenía un precio. Luego Macron desenfunda esa frase de spaguetti western: "El miedo va a cambiar de bando". No señores, el miedo no tiene que cambiar de acera, el miedo, simplemente, tiene que desaparecer, porque si no, lo único que estamos haciendo es allanar el camino para que el presidente turco haga de presidente turco, la extrema derecha de extrema derecha, y en medio, vaya tomando forma un reguero de inocentes, ya sea un profesor de instituto, una anciana que reza en Niza o unos amigos que charlan en un café de Viena. 

Y lo que vale para unos, también vale para otros. Cuando el trío lerele de las Azores se montó su particular paintball en Irak, medio mundo protestó contra la injusticia. Ahora es el turno de que los musulmanes, los no fanáticos, la inmensa mayoría, supongo, condenen sin medias tintas toda esta nueva ola de violencia. Otra cosa es que aquí, en casa, nos preguntemos ¿qué cojones pasa para que unos chavales sueñen con ir a Disney World y otros solo piensen en viajar a Siria? La noticia del imán que captaba menores acogidos en San Sebastián, nos pone sobre la pista. Pobreza, marginalidad, desencanto, abandono absoluto, falta de expectativas... Lo de siempre, sin que nadie se digne a proponer un solo remedio. Por no hablar de los tejemanejes que se traen los gobiernos occidentales con ciertos emiratos: trapicheo de armamento, contratas de todo tipo, venta indiscriminada de grandes clubes, derechos de televisión, mundiales de fútbol, reyes eméritos... 

Y a todo esto, ¿España qué dice? Pasa palabra. Esta vez parece que Charlie Hebdo no va con nosotros. Quizá sea porque aquí de blasfemar sabemos un rato. Tenemos a Willy Toledo, aunque blasfemar en cristiano sale más económico. O porque se cuecen otros sustos. La okupación, sin ir más lejos. Las grandes fortunas de este país están invirtiendo en Securitas Direct, según informa elDiario.es. Ya ven por dónde van los tiros. Pero tampoco se trata de ir mezclando fobias a lo loco, para eso ya están los psicoanalistas. Si algo tienen en común todos los miedos es que detrás de cada uno siempre florece un gran negocio. O varios.